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Valencia, como todas
las grandes ciudades, soporta a diario un ritmo frenético
pero cuando llega marzo y tan sólo por una semana, la ciudad
se ralentiza para convertirse en un enorme museo al aire libre, en
el que más de setecientas gigantescas esculturas, hechas por
manos artesanas,
parecen transportarnos a míticos tiempos de
atlantes y titanes.
Es entonces, cuando las bandas de música, que surgen en
cada esquina, marcan junto a la pólvora el nuevo ritmo
de vida de unos valencianos que engalanan con sus trajes y sus
flores a una ciudad que late a fuego lento y que, cuando mira
al cielo, lo descubre pintado de colores, pólvora y luz
a todas horas... haciendo así que no haya diferencia alguna
entre la noche y el día. |
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Una semana de fallas perpetua, sin descanso posible,
en la que la alegría se contagia desde el humor y la
sátira de sus monumentos y el olor a Fallas hace que
los que nos visiten ya no se quieran ir.
Todo termina con el
fuego, y con la esperanza de que lo malo se esfume cuando la última
llama, que ha devorado el monumento, se esconda entre las cenizas
y así dar paso a otro año lleno de sonido, sabor
y olor a Fallas. |
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